Un gobernador a veces debe ser un tirano para su
pueblo, a veces un valeroso príncipe, pero nunca un amigo del pueblo. Cuando un
gobernante se hace amigo del pueblo este le pierde el respeto que debe tenerle.
Hace un par de meses me convertí en el “Rey” de, lo
que yo aún considero, una secta. El anterior monarca de esta, me encomendó
liderarla, bajo una no muy confiable intuición. Según él, básicamente el orden
de los sucesos y mi nombre fueron claves para heredarme tal privilegio.
El caso es que me convertí en el pilar de este
grupo que ante todo busca conocimiento antiguo de todo tipo, valiéndose de
métodos, a veces, poco ortodoxos para recopilarlo. Básicamente buscamos el
conocimiento a través de “leyendas”, lo que claramente significa que buscamos
poder y conocimiento sobrenatural, sin alejarnos demasiado de la realidad. Un
ejemplo seria nuestros autoproclamados alquimistas, que usan el conocimiento de
la química moderna para tratar con la alquimia antigua.
El grupo está dividido en puestos similares a las
piezas del ajedrez con su respectiva importancia y labores, los peones son los
de más bajo rango, ellos están al servicio de los demás, sin importar que se
les encomiende deben cumplir las órdenes de los puestos superiores, aunque
normalmente están a cargo de las Torres, las cuales son las encargadas de
organizar la información que adquirían a través de los peones. Las mismas
Torres se separaban en tres grupos; astrólogos, alquimistas y hechiceros. Los
Caballeros que estaban a cargo de protección y reclutamiento de nuevos
miembros. Los Obispos, consejeros del Rey y encargados de las Torres y de la
información que llegaría al Rey eventualmente. El Rey, que mide la importancia
de la información y la clasificaba para su eventual “producción”. Y la Reina
que organiza la información y da la orden de cómo llevarla a cabo.
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