Era mi tercer día en la secta, ya conocía a
todos los Obispos y las cosas transcurrían con relativa normalidad. Mi puesto
se relacionaba mucho con las Torres, y poco con los peones. Así que no me
encontré nunca con Andrés. Entre los Obispos había quienes no confiaban en mí,
y ya que teníamos que por obligación relacionarnos, me daban información
errónea o confusa para compartirla con el Rey y así ganarme su desconfianza.
Aunque también había un par que me acogió, Leonardo y Camila, ellos me
advertían de las malas jugadas que me hacían y llegue a tener una cierta
fraternidad con ellos. A todo lo ocurrido yo nunca les había visto la cara a
los demás, las caretas eran un accesorio obligatorio en la secta, yo adquirí
uno simple de color rojo escarlata, aunque todos los demás conocían mi rostro a
mi no me importaba.
Como obispo tenía obligaciones y privilegios;
debía dar todas las semanas un reporte de la información que las Torres a mi
cargo recolectaban y presentarme al menos tres días en la semana; y entre los
privilegios, bueno se presentaban los clásicos en una secta, autoridad para
pedirles cualquier cosa a los peones, desde que me trajeran comida hasta compañía,
aunque no los usaba mucho.
Mi relación con Karla era casi inexistente,
normalmente los Obispos trabajaban solos y solamente nos reuníamos cuando el
Rey o la Reina nos requerían.
Me acostumbre rápido a mis tareas, las Torres a
mi cargo funcionaban bien, eran dos alquimistas, cuatro astrólogos y tres que
se manejaban en el arte de las pociones. Entre estos últimos estaba Anaís, una
joven de 16 años a quien cuidaba como una hermana pequeña, siempre me pregunte
que la trajo hasta aquí pero no quería entrometerme, era de las pocas personas
que realmente me importaban dentro de la secta. Aún con su corta edad tenía
mucho conocimiento en su área, trabajaba en pócimas de amor, aunque los efectos
de su trabajo eran más afrodisíacos que de amor.
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