Eran las 3:00 a.m. no podía dormir, escuchaba
el llanto de los grillos, pero no era eso lo que me aquejaba.
La reunión con los Obispos había terminado, se
aclaro el tema de los informes, y que el Obispo principal no tenía intenciones
de traicionar al Rey. Karla actuó normal en la reunión, no había rastro de la
preocupación que tenía al salir del cuarto de Henrietta. Al finalizar, el
Obispo nos ofreció un cuarto para que nos quedáramos, yo acepte pero no preví
esta situación.
El mal que me aquejaba no era otro que estar en
la misma habitación que Karla, a unos dos metros de la mía se encontraba la
cama donde ella descansaba, ¿un mal?, se preguntaran, bueno el estar tan cerca
me ponía ansioso y no me dejaba conciliar el sueño. -Por favor déjame dormir-
dije mirando al techo, obviamente le estaba hablando a la mismísima nada. -¿Tampoco puedes
dormir?- escuche de regreso. Rápidamente me senté en la cama y mire hacia donde
estaba ella, se volteo y noté que aun permanecía con el antifaz, además de una
camiseta que la cubría, tal parece que el frio hizo que se acostara con algo de
ropa. -¿Quieres beber algo?, me dieron una botella con el licor de la casa- me
dijo mostrando la botella y le dio un gran sorbo. Me puse una camiseta, y fui a
sentarme a su lado, no dije nada solo tome la botella y di un sorbo tan grande
como ella, fue entonces que llego a mi mente una idea.
Nos estábamos bebiendo rápidamente la botella, cuando ella comenzó a hablar, -normalmente eres tú quien me intenta hacer
hablar, ¿qué sucede ahora?-. En mi mente estaba sumido en mi siguiente paso,
así que solo sonreí. -Disculpa por ser tan introvertida en nuestro hogar, pero
como tal vez sepas partí como Caballero y me cuesta confiar en los nuevos
integrantes y más si llegan tan cerca del Rey-. -¿Con hogar te refieres a la
secta?- pregunte. -Sí, es lo más cercano que tengo a un hogar, el lugar donde
vivo diariamente es un infierno, soledad es lo que me rodea, pero en la secta
esta el Rey que es como un padre para mí-. No sabía que su vida era tan triste,
de seguro eso la llevo a la secta y en su afán de ayudar a personas como ella
se convirtió en un Caballero. -Por cierto ¿encontraste eso que buscabas?- me
pregunto. Con una sonrisa, por la ironía, respondí -sí, la encontré pero aún no
la tengo en mis manos-.
Callamos por unos minutos y bebimos los últimos
sorbos de la bebida, fue entonces que le ofrecí yo algo de beber, saque la
pócima que me dio Anaís y se la di. -¿Qué es?- me preguntó. -Una infusión que
siempre llevo conmigo, solo queda un sorbo, pruébala- le dije. Estaba un poco
borracha por lo que no dudo al momento de beberla.
Me devolvió el frasco vacío y me miro a los
ojos por unos segundos, bajo la mirada y se sonrojo, tal parece que la pócima
hacia efecto, pero sería el efecto que yo quería u otro simple afrodisíaco. Levante su rostro con delicadeza tomándola de su mentón y me puse frente a
frente. -¿Qué sucede?- le pregunte, ella al parecer luchaba consigo misma pero
le sostuve el rostro y me acerque lentamente, pero ella fue quien en un último
impulso me beso. Pero no sentí nada, su beso no tenía el mismo calor que el de
mis sueños, algo andaba mal cuando dejamos de besarnos la mire con confusión,
acerque mis manos hasta su antifaz y se lo quite y lo que vi no lo podía creer,
sus pecas, no existían, no había nada en su rostro.
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